En los talleres realizados durante los últimos tiempos, partimos de una premisa clara: la inteligencia artificial generativa —IAG— se ha incorporado de manera creciente al ejercicio profesional de la abogacía. Por eso, la discusión ya no puede reducirse a decidir si la utilizaremos o no, sino que debe centrarse en cómo hacerlo con responsabilidad y con sujeción a las normas éticas que exige nuestra profesión.
A partir de esa premisa, trabajamos sobre situaciones concretas:
- ¿Subiríamos un expediente con datos personales, información confidencial o datos sensibles a una plataforma en línea solo para comprimirlo?
- ¿Alcanza con borrar el nombre y el DNI para considerar anonimizado un caso?
- ¿Citaríamos un fallo proporcionado por una IA si su contenido parece jurídicamente correcto?
- ¿Qué significa realmente ejercer supervisión humana sobre un texto generado por IA?
Las respuestas remiten a deberes profesionales regulados por nuestros códigos y normas de ética, conocidos y aplicados desde antaño. Lo que ocurre es que ahora están proyectados sobre un nuevo entorno tecnológico: confidencialidad, veracidad, buena fe y diligencia.
La tecnología puede ayudarnos a redactar, resumir, comparar y organizar información, así como a detectar patrones o formular hipótesis de trabajo. Pero una respuesta plausible no necesariamente es verdadera. Una cita bien construida no necesariamente existe. Una transcripción aparentemente precisa puede no coincidir con el texto original. Y borrar nombres o números de documento no siempre alcanza para impedir la identificación de una persona.
En consecuencia, antes de utilizar una herramienta de IA en un asunto profesional, podría ser conveniente formularnos al menos cuatro preguntas:
- ¿Puedo cargarlo? Confidencialidad y seguridad.
- ¿Necesito cargar todo? Minimización y pertinencia.
- ¿Puedo confiar en el resultado? Verificación y contraste con fuentes confiables.
- ¿Estoy dispuesto a firmarlo como propio? Responsabilidad profesional.
La firma implica autoría y responsabilidad. Podemos delegar tareas instrumentales, pero no podemos delegar el criterio profesional, la diligencia ni la responsabilidad . La IA puede asistirnos; no puede reemplazar el juicio jurídico que sustenta nuestra intervención profesional.
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